Encuentros PDF Print E-mail
Monday, 25 January 2010 00:00

Qué maravilla es viajar por el mundo. Conocer gente, ver otras culturas, observar los monumentos, admirar sus museos, escuchar su música. Venía yo procedente de Praga y el tren me llevaría a la Gare de Lyon, París, a un lado del Sena. Llegué y en un andén me topé con Mónica, una amiga muy querida, que en los avatares de los libros y las publicaciones había conocido en México. Nos dimos un abrazo que llevaba la carga de dos años de no vernos. ¡Ven! Me dijo. Hoy es navidad y te invito a mi departamento en el distrito 16, donde vivo. No me hice del rogar. Su risa, su rostro, sus ojos, su cuerpo me hacen temblar, siempre.

Tomamos el metro. Dejamos las maletas y fuimos corriendo al Monoprix más cercano. Comparmos pavo, pasas, canela, aguacates y atún y en nuestros sueños guajiros también guayabas, tamarindo y cañas. Haríamos de esa noche, una gran Noche Buena. Lejos de México, pero ella y yo cerca. También celebraríamos eso: el encuentro de dos amigos al que los une el libro, la novela, el cuento, la poesía, los sueños. Mientras preparábamos la cena, pusimos algo de música, Mónica encontró unos villancicos y eso nos deleitó toda la tarde y parte de la noche. En México la cena es acompañada por los ponches con sus cañas, tejocotes, arrayanes; por el agua de chía, de jamaica, de tamarindo. Aguas ricas en verdad. Nosotros en tierra ajena preparamos un ponche con las frutas frescas que encontramos, las agregamos al agua bien peladitas junto con pasas, canela y azúcar. Lo servimos caliente y le agregamos un poco de ron. “Nos quedó delicioso”, dijo mi amiga Mónica mientras preparábamos el pavo a la provenzal, rebanamos las pechugas y cortamos trozos de mantequilla, picamos los dientes de ajo, los pimientos verdes, la cebolla, los jitomates. El jerez, la paprika; la sal y la pimienta, esperaban ansiosos para condimentar el platillo.
 
Para que el ponche no fuera la única bebida, yo le preparé agua de jamaica aprovechando unas bolsas que Mónica, astutamente, siempre lleva a Francia cuando visita México. En la sala colocó una bandera mexicana, subió el volumen de los villancicos y mientras el pavo se debatía en el horno, Mónica me contó lo que en estos dos años de no vernos había hecho, yo también le dije de mis correrías, y claro, el tema central: los libros, los autores, los editores que se juegan la vida, al menos los independientes, en cada número que editan. El pavo estaba listo. Los aguacates los partimos y los rellenamos con un atún y unas pequeñas rodajas de cebolla. El ponche con ron nos acompañó en todo momento. El plato con el pavo lucía espléndido, un arroz blanco le daba un toque singular.
 
Esa, Karla, ha sido una noche inolvidable. No nos fue difícil, a Mónica y a mí pasar esa noche tan especial −la Navidad− fuera de casa, fuera de México. No, porque hubo el agua de jamaica, el ponche de fruta fresca, el aguacate, la música de los villancicos, las risas y el calor mexicanos. Esa noche, recordando México y sus aguas frescas celestiales, fue especial. Al día siguiente me encontraba en el metro rumbo a la Gare de Austerlitz, pues yo debía estar en Madrid.
 
En el tren recordé lo mucho que Mónica y yo nos queremos, lo mucho que amamos la literatura y la buena comida. Como sabes, soy un caballero antiguo y no te puedo dar pormenores de lo que Mónica y yo hicimos. Los ponches con bastante ron son tenebrosos, alebrestadores y… no sigo. La noche llegó a mi camarote y el recuerdo de Mónica me trajo dulces y jugosos sueños. Quedamos de vernos en México en un futuro cercano. Espero con ansia ese día. Mientras a tomar agua de chía y ponches con mucho ron para no olvidar sus brazos y sus besos. Vale.
 

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