Raúl Hernández Garciadiego: “No hemos sabido incorporar la diversidad culinaria de nuestro país a la modernidad” PDF Print E-mail
Tuesday, 08 June 2010 11:49

Fotografía: cortesía de Raúl Hernández Garciadiego

Raúl Hernández Garciadiego estudió Filosofía en la Universidad Iberoamericana, tiene un doctorado Honoris Causa en Ciencias Sociales y Humanidades por la Universidad Iberoamericana campus Puebla.
 
Desde muy joven, con su esposa Gisela Herrerías, creó Alternativas y Procesos de Participación Social A.C., organización civil con la que han impulsado proyectos de desarrollo sostenible en beneficio de las familias más pobres de la región Mixteca. Sus principales proyectos son: “Agua para siempre”, de regeneración ecológica de cuencas para obtención de agua, y “Grupo Cooperativo Quali”, que fomenta el cultivo de amaranto orgánico.
 
Entre los premios que ha recibido destacan: Premio Latinoamericano y del Caribe del Agua; Premio Slow Food por la Defensa de la Biodiversidad; Premio Nacional Agroalimentario 2005 y 2008; Premio al Mérito Ecológico. También es fundador del Museo del Agua, y del Baluarte del Amaranto en Tehuacán. Actualmente es representante latinoamericano en el Consejo Internacional de Slow Food.
 
¿En qué momento de su vida decide involucrarse en proyectos sociales y por qué?
Desde que estaba en la preparatoria me surgió esta sublevación de la conciencia moral ante las condiciones de pobreza e inequidad que hay en nuestro país, donde más de 80 millones sufren carencias y sobre todo injusticias. Esta conciencia moral sublevada es la que hizo que Gisela, mi esposa, y yo decidiéramos hacer nuestra opción ética, que fue luchar en contra de esta pobreza, corregir sus causas e impulsar condiciones que propicien una vida más sana, más justa, más buena para toda la población. Así fue como iniciamos este trabajo; el 5 de mayo cumpliremos 30 años de haberlo iniciado.
 
¿Qué es el desarrollo sostenible?
El principio de sostenibilidad surgió en 1987 cuando la ONU encargó a la Comisión Brundtland que explicara cómo era posible tener un nuevo modelo de desarrollo que superara las limitaciones que se enfrentaban en todas partes. El reporte se llamó “Nuestro futuro común”, en él se definía que la sostenibilidad es el proceso capaz de satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer las suyas.
 
Así se formuló el principio general de sostenibilidad que se desglosa en cuatro ámbitos: 1) sostenibilidad ecológica, que propone que el ecosistema que esté siendo utilizado conserve sus características fundamentales en cada uno de sus componentes sin sufrir deterioro a través del tiempo; 2) el segundo ámbito de la sostenibilidad dice que ese ecosistema que esté bajo manejo produzca una rentabilidad razonable y estable para que sea atractivo continuar ese trabajo; 3) sostenibilidad social, plantea que el manejo de ese ecosistema y la forma en que se trabaje, en primer lugar debe reflejar las necesidades de la población y de todos los grupos presentes en la región, y en segundo lugar, que se creen condiciones de equidad laboral, esto es, que no haya personas excluidas; 4) sostenibilidad cultural, expone que el modo como se organice el manejo del ecosistema debe respetar la riqueza cultural de cada pueblo, es decir que no se impongan modelos tecnológicos avasalladores que aplasten las formas de organización tradicionales o los modos de relación de los pueblos con la naturaleza y de unos pueblos con otros, sino que se tome en cuenta esa riqueza cultural, se preserve y fomente.
 
El enfoque de la sostenibilidad cultural ha sido central en nuestros proyectos, tanto en el de recuperación de agua como en el del amaranto, ya que dicho principio está basado en recuperar la riqueza de los pueblos y fortalecerla con conocimientos actuales sin que con ello se trastoque. En ese sentido, y basándonos en sus tradiciones, hemos logrado que la gente cuente con más recursos naturales y un mayor desarrollo.
 
¿Cómo aplican los principios de Slow Food en la labor que usted emprende?
Slow Food nació como un grupo de personas muy sensibles a la riqueza gastronómica. En sus actividades fueron descubriendo que no toda la comida sabía igual, que no todos los quesos o panes sabían igual, por lo que se empezaron a preguntar por los ingredientes: de dónde venían que los hacía diferentes de un lugar a otro; después visitaron diversas regiones y constataron que esas características dependían del clima y de la biodiversidad, es decir, de la mesa pasaron al territorio y estando en el territorio observaron cómo el pueblo ha creado esa riqueza culinaria a lo largo de milenios. En todas las regiones del mundo ha sido básicamente la población pobre la que ha enriquecido la cultura gastronómica. Ese camino que Slow Food recorrió, de la mesa al territorio y del territorio al pueblo, es el mismo que nosotros seguimos pero a la inversa: primero llegamos al pueblo, para ver cómo vivía y cómo podíamos trabajar para superar sus condiciones de pobreza, lo que nos obligó a estudiar y entender el territorio para saber cuáles eran las limitantes de su desarrollo. Encontramos que el agua era el principal desafío. Más adelante nos preguntamos qué se podía cultivar, que fuera resistente a sequías, no causara tantas pérdidas y que al mismo tiempo enriqueciera la dieta de la población, además de que se pudiera vender para aumentar sus ingresos económicos.
 
El planteamiento de fortalecer a los pequeños productores nos llevó a constituir en la región Mixteca lo que se llama “Baluarte del amaranto de Tehuacán”, es decir, estábamos convencidos que para defender un cultivo, teníamos que defender a sus productores y a su territorio, como lo propone Slow Food. Así que organizamos a todos los campesinos y sembradores del grupo Quali bajo este concepto de baluarte, que es una posición de defensa, la cual ha sido muy importante para resaltar la riqueza de la diversidad alimenticia de esta región.
 
Por otro lado, las familias que vendían su amaranto sin procesar eran víctimas de abuso pues se les pagaba una cantidad menor al costo de producción.
 
Por esa razón, y para añadir valor agregado a la semilla, el Grupo Cooperativo Quali creó una agroindustria, ese fue un momento crucial pues a partir de ahí se ha podido pagar muy buen precio al productor y se ha creado un nuevo mercado dispuesto a pagar calidad. Garantizar a la gente el pago de un precio justo por su trabajo, que es otro de los principios de Slow Food, ha sido un gran logro. Actualmente participan 1,100 familias, organizadas en 70 cooperativas que tienen certificadas más de 500 hectáreas para siembra de amaranto y de maíz orgánico.
 
Actualmente es el representante latinoamericano en el Consejo Internacional de Slow Food, ¿en qué nivel se encuentra nuestro país en cuanto a los principios de bueno, limpio y justo?
En cuanto a que los alimentos tienen que ser buenos, México es portador de una inmensa riqueza gastronómica, creo que somos el país más rico desde el punto de vista ecogastronómico. La diversidad de comidas, ingredientes y recetas regionales es casi inagotable. Sin embargo, a pesar de que nuestro país tiene ese enorme patrimonio, al mismo tiempo no lo aprecia suficientemente. En estos momentos estamos siendo asediados y sucumbiendo ante la amenaza de la fast food; no hemos sabido incorporar la diversidad culinaria de nuestro país a la modernidad y eso está dejando el camino abierto a las transnacionales de la fast food con todo lo que esto implica: son alimentos que no nutren y generan la obesidad que está siendo el principal problema del país. Debemos hacer conciencia de este enorme valor que tenemos, preservarlo, hacer baluartes y crear empresas viables para defender esa riqueza porque si no está en riesgo de desaparecer.
 
Respecto a que los alimentos tienen que ser limpios, sanos, garantizar la salud de quien los consuma, en México contamos con una riqueza genética impresionante, por ejemplo tenemos 59 razas de maíz y 200 especies nativas, es un patrimonio inmenso, sin embargo se acaban de autorizar el año pasado los experimentos con maíz transgénico y esto es una amenaza, porque una vez que se contaminen los bancos de semillas en los pueblos no vamos a poder recuperar los genes originales. Vamos a caer en una dependencia de comprar semillas a la empresa Monsanto que es la dueña de las patentes de estos maíces genéticamente transformados; se puede perder la soberanía alimentaria y generar una inmensa dependencia para el futuro. Nuestra riqueza no sólo está severamente amenazada sino que el gobierno está tolerando, y yo me atrevería a decir, ha impulsado esta contaminación; no ha hecho una defensa patriótica.
 
Sobre el tercer principio, justo, creo que ahí sí estamos muy mal. En México no hemos sabido valorar no sólo al alimento sino a los productores de alimentos, quienes han sido históricamente menospreciados. Las condiciones de vida de la población campesina en nuestro país son lamentables. Como país tenemos que enfatizar esta necesidad de apoyo a los campesinos productores de los alimentos y lograr que éstos conserven su riqueza, pureza genética y en su gran biodiversidad.
 

Publicidad