Cocinas de la Independencia PDF Print E-mail
Friday, 05 March 2010 11:16

Chère Karla:

A propósito de las celebraciones que en este año de 2010 van a llenar nuestros espacios sociales, políticos y culturales, te comento esto que creo puede ser interesante:

Mónica me invitó a tomar un café a su estudio. Allí sus libros no están de adorno. Todos los títulos han sido leídos con avidez por mi amiga. De manera que ella está al día, y sabe por lo tanto lo que acontece en el mundo de las letras.

−Fúmate un puro habano que con el café que he preparado vas a volar por los cielos −dijo mi amiga, con una sonrisa malora. Y luego tomó un libro de un estante: Mira −comentó−. Como estamos en el año de la celebración de los 200 y de los 100 años de Independencia y de Revolución, te leeré lo que un viajero, Joseph Bukart, escribió en su estancia mexicana en 1830: “El mexicano ordinariamente, al levantarse toma una taza de chocolate con una pequeña pieza de pan. Luego, como a las nueve toma el desayuno. Esta comida consiste en un poco de carne asada o bien huevos y frijoles negros. Luego realiza sus ocupaciones de la mañana y luego como a la una de la tarde, se sirve una sopa en cuya composición entran el arroz, el pan a la parrilla o pasta hervida en agua y recubierta con manteca de cerdo; o bien un simple consomé; no falta en otras mesas una olla compuesta de carne de res o de carnero hervida con algunas legumbres, o bien olla podrida, es decir, carne de res o de carnero hervida con algunas legumbres, o de puerco, todo esto hervido junto en una vasija con cebollas y otros vegetales culinarios, y sazonado con una salsa hecha de tomates, cebollas y vinagre (salsa de jitomate). A estas viandas les suceden otras carnes preparadas en estofado o asadas, y luego vienen los frijoles espolvoreados con queso. La comida se termina con confituras y una crema. Es raro que los mexicanos −sigue diciendo aquel viajante, el señor Bukart− beban vino o pulque después de la comida o durante ella. Se hace uso de las tortillas en lugar de pan, y una criada está ocupada durante la comida en prepararlas para que se disponga de ellas calientes”. Mónica hizo una pausa, misma que yo aproveché para servirme un vino tinto y darle un beso en la mejilla a mi bella lectora. Mónica prosiguió muy atenta: “Se conocen en México casi todas las legumbres que entran en la cocina europea. El chile entra en la mayor parte de los cocimientos; forma la salsa de muchos platillos. Todas estas salsas son muy ásperas y escaldan; yo no me he podido todavía acostumbrar a ellas, y prefiero siempre los alimentos en que el chile no ha sido empleado”. Mónica y yo reímos mucho acerca de esta situación, que, supusimos, le resultaba embarazosa al buen señor Bukart.

Mi puro habano y mi café me sabían a gloria. Mónica me veía intensamente por lo que le dije que siguiera con la lectura y que después habría tiempo para otros menesteres. Ella rió a mandíbula batiente. Prosiguió: “La carne de res, de puerco o de carnero se come asada; casi nunca se matan terneras; los pollos, los pavos, los pichones, las codornices, los patos salvajes abundan. Un matrimonio un poco acomodado tiene su provisión de confituras y una buena ama de casa emplea toda su habilidad para preparar un buen dulce con toda clase de frutas, cuyo sabor se pierde por la sobreabundancia de azúcar. Las comidas ordinariamente se sirven con la mayor simplicidad; como en todo México no hay sino una fábrica de loza burda y de mala calidad, las familias acomodadas utilizan platos, cucharas y tenedores de plata”. Mónica cerró el libro. Se sirvió un café, llenó su copa de vino y brindamos por las comidas y las formas culinarias que los mexicanos cumplimentaban en aquellos heroicos tiempos de 1830. Es de notar la abundancia en la mesa mexicana ¡Qué tiempos aquellos, señor don Simón!

 

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